Dicen que somos lo que comemos, pero ¿Qué comemos realmente?

 

Es evidente que existe una estrecha relación entre nuestras apetencias y nuestro contexto. Por una parte, el acto de comer responde a la necesidad fisiológica del hambre. Pero, por otra, también a la fuerza inventiva de nuestro pensamiento.

Así, en realidad, no nos alimentamos solo del objeto nutritivo que causa placer o nos quita el hambre, sino que, junto a estos alimentos comemos también ideas, sentimientos, valores y afectos.

Lo cierto es que, casi sin darnos cuenta, usamos muchas metáforas relacionadas con la acción de comer. Por ejemplo: “Comerse el mundo”, “Sentir un vacío en el estómago”, “Tener a alguien o algo atragantado”, “Tener un peso en el estómago”, “tener un tapón” o “un nudo en la garganta”.

Así, dejamos entrever esa estrecha relación entre nuestro cerebro y nuestro estómago; recientemente confirmada por la ciencia, y la expresamos con nuestro lenguaje.

En definitiva, el aspecto biológico del alimento está revestido de un significado social y psicológico, que es vivido de una manera más o menos consciente.

Dicho esto, cabe reflexionar sobre cómo nos conforma lo que comemos: ¿de qué tienes hambre exactamente cuándo comes?, ¿con qué objetivo comes?, ¿para saciar el hambre, para nutrirte, o como una simple rutina, sin saborear si quiera lo que te llevas a la boca?. O, quizás, ¿lo haces con la intención de poner un tapón a otras sensaciones? ¿qué hay detrás de un gesto de atragantamiento, de la angustia, de una indigestión?”.

 

Lo que comemos y cómo lo hacemos, es en realidad un reflejo de nuestro comportamiento en el mundo

Aunque quizá la pregunta más conveniente sea la relacionada con el por qué comemos lo que comemos, y si podemos cambiar nuestros hábitos.

«En líneas generales, comemos lo que nos enseñaron a comer. Comemos nuestros recuerdos, los más sazonados de los ritos que marcaron nuestra infancia» Leo Moulin

Es decir, comemos las ideas, los valores, las creencias (etc.) que nos han ensañado. Pero, podemos reaprenderlas si algunas nos están provocando una fuerte indigestión.

Ya decía hace años el famoso poeta y matemático Lewis Carroll estas acertadísimas palabras en su conferencia titulada “Alimentar la mente”:

“Desde muy pronto aprendemos qué debemos y qué no debemos hacer con el cuerpo y no nos resulta difícil rechazar el pudin asociado en nuestra memoria a una terrorífica indigestión. Sin embargo, nos lleva mucho tiempo convencernos de lo indigestas que son algunas cosas que le damos a nuestra mente, que nos traen el consabido hastío existencial. Si las consecuencias de descuidar el cuerpo pueden ser claramente visibles y sentidas, sería bueno que las de la mente fueran igualmente visibles y tangibles, que pudiéramos, digamos, llevarlas al médico y sentir su pulso. Deberíamos de preocuparnos de suministrar a la mente su propio tipo de alimento.”

 

La importancia de esto en el cambio de hábitos alimenticios

 

Si no se observan estos aspectos se fracasará en el intento de cambiar de hábitos alimenticios. No es nada trivial analizar este sustrato social del comer, pues sabemos que muchos trastornos de la alimentación enmascaran en sus conductas de, por ejemplo, vómito o ingesta descontrolada, otros problemas de tipo psicológico. Trastornos como la anorexia o la bulimia, entre otros, reflejan que las verdaderas razones que priman en el acto de comer no son solo las nutricionales, sino también las psicológicas, sentimentales y culturales.

El contexto condiciona estos hábitos, pues la realidad es que las reglas de los hábitos alimentarios funcionan como estabilizadores sociales; y muchos alimentos son usados no tanto para nutrir cuanto para identificarnos socialmente.

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