A veces podemos encontrarnos con alguna dificultad en nuestra vida, un problema o una preocupación que nos genera elevados niveles de malestar, activándonos emociones negativas como el miedo, la rabia o la desesperanza.

La primera reacción de muchas personas puede ser la de evitar hablar del tema, aplazarlo, o tratar de minimizarlo

Esto ocurre porque las emociones que suscita el problema son tan elevadas que nos resulta difícil manejarlas. Como el estudiante que hace cualquier cosa en lugar de ponerse a estudiar un examen muy difícil que no ha podido aprobar en el pasado. A menudo, situaciones así responden a una dificultad o miedo a afrontar una situación que genera emociones negativas difíciles de gestionar.

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¿Por qué a veces reaccionamos de esta manera?

Cuando evitamos afrontar un problema, las emociones negativas disminuyen, aunque sólo sea temporalmente. El estudiante que ve un capítulo de su serie favorita se distrae de la ansiedad que le produce estudiar el examen.

A menudo utilizamos la distracción como una manera de afrontar los problemas, lo que puede tener consecuencias a largo plazo.

Aunque a corto plazo nos puede hacer sentir bien (nos olvidamos de nuestro problema), el problema va a seguir ahí (no va a solucionarse solo), lo que puede hacer que incluso empeore. Esto puede alimentar un círculo vicioso en el que, al evitar el problema, éste empeora, lo que nos hace sentir peor y nos lleva a evitar aún más el hecho de afrontarlo, y así en un ciclo infinito.

Por eso, es importante que seamos capaces de actuar ante este tipo de situaciones de una manera más efectiva. Para ello tenemos que aprender estilos de afrontamiento más adaptativos. Los estilos de afrontamiento se refieren a cómo actuamos cuando nos encontramos con una situación estresante. Tradicionalmente se ha hablado de estilos de afrontamiento centrados en la emoción y estilos de afrontamiento centrados en el problema.

Los primeros se refieren a las acciones que podemos llevar a cabo para reducir nuestras emociones negativas. Nuestro estudiante sería un ejemplo de estilos de afrontamiento centrados en la emoción. En concreto, la estrategia que comúnmente se conoce como “evitación”.

Los estilos centrados en el problema, por el contrario, son aquellos que van dirigidos a modificar la situación de alguna manera, para tratar de cambiarla. Por ejemplo, tratar de solucionar un conflicto con nuestra pareja hablándolo, acudir al médico ante la sospecha de un problema de salud, cambiar a un estilo de vida más saludable tras un diagnóstico de un problema cardíaco, etcétera.

En un principio, ninguno de los dos estilos es mejor que el otro. Sin embargo, son útiles en situaciones diferentes.

Los estilos centrados en la emoción resultan muy útiles cuando nos encontramos ante una situación que no podemos cambiar (por ejemplo, una ruptura amorosa). En este caso, poner en marcha estrategias para regular las emociones negativas puede ayudarnos a gestionar esa situación.

Sin embargo, ante situaciones que requieren una acción por nuestra parte (un problema que está en nuestras manos solucionar), focalizarse en la minimización de las emociones negativas e ignorar lo que podemos hacer por solucionarlo, lo único que hará es producir un aumento del malestar y acrecentar el problema a largo plazo.

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