Psicología del vestir

El cuerpo vestido entraña toda una «psicología del vestir» alrededor del acto de arroparse y engalanarse. Este «cuerpo vestido» comprende todo un lenguaje mediante el cual podemos entrever un sinfín de características del momento político y social, así como de la historia personal del sujeto que lo viste. 

En «El sistema de la moda» (1978), Roland Barthes ya afirmaba que el vestido es una interfaz pluridiscursiva en relación con una serie de códigos socioculturales. Los cuerpos vestidos están siempre ubicados en la cultura. Ambos, cuerpo y cultura, se influyen mutuamente.

El acto de vestirse en occidente

La concepción del cuerpo vestido y del acto de vestirse ha ido cambiando a lo largo de la historia.

Edad media y Renacimiento

En la sociedad cortesana medieval  y en el Renacimiento, a diferencia de épocas más tardías, las vestimentas eran una manera de aparentar. No importaba tanto la realidad del yo sino su apariencia, su presentación en sociedad. Más que función presentativa, el vestido cumplía función re-presentativa del yo. Servía casi de máscara o disfraz para señalar el estatus social de la persona o, al menos, para aparentarlo. Cuantos más adornos y ornamentos llevaba el vestido mejor era el estatus social de su portador. El exterior, lo visible, era casi más importante que lo que habitaba en el interior del individuo.

Romanticismo y la psicologización del yo

A diferencia de épocas anteriores, donde la vestimenta no necesariamente expresaba la realidad interior de la persona, con el Romanticismo se extiende la idea de que, si existe una vida interior, entonces esta deberá relacionarse con el aspecto externo. El Romanticismo fomentó una visión más psicológica del yo, que promovió la idea de que la ropa debía expresar la personalidad. Comienzan así los inicios de la psicologización del vestir.

Alta costura. Psicologización de la apariencia

Más tarde, con la llegada de la «Alta Costura», la ropa se convierte cada vez más en servicio y producto. Aunque ya se comercializaba con prendas y telas desde hace mucho, aparece el mundo de la moda como se conoce hoy en día: las pasarelas, los desfiles, los diseñadores/as, etc. Con la llegada  del «hecho a medida» se inicia el proceso de «la psicologización de la moda».

Según Lipovetsky («La moda y su destino en las sociedades modernas»), la Alta Costura inició esta psicologización de la apariencia mediante la creación de modelos que concretaban emociones, rasgos de la personalidad y del carácter.

De esta manera, señala este autor, «se inicia el placer narcisista de metamorfosearse a los ojos de los demás y de uno mismo, de cambiar de piel. El cuerpo vestido adquiere versatilidad, puede adoptar distintas y variadas identidades en un juego calidoscópico de personalidades

El «Prêt-à-porter» y la moda rápida

Con la revolución industrial y la aparición de las máquinas de coser cambia de nuevo el concepto del cuerpo vestido. La Alta costura da paso al «Prêt-à-porter» (listo para llevar). La moda rápida se centra en la versatilidad, accesibilidad y rapidez. La moda deja de ser algo que solo una parte concreta de la sociedad, la clase adinerada, puede disfrutar y pasa a ser algo más accesible para todos los estratos sociales.

La producción en masa de prendas, junto a situaciones actuales de precariedad laboral, ha llevado a la población al consumo low cost. Este conjunto de circunstancias ha contribuido a una nueva concepción del cuerpo vestido en el que las prendas que lo cubren son baratas, de menor calidad y de valor pasajero.

La moda pasa a tener un objetivo de gratificación inmediata. El consumo en sí mismo es el que proporciona la gratificación. El propio acto de consumir se convierte en una nueva forma de construir la identidad.

 

Psicología del vestir

El culto al cuerpo

A partir de los años ochenta del siglo XX, empezó una nueva tendencia a nivel social: la del cuidado y culto al cuerpo, que sigue a día de hoy, cada vez más acentuada.

El vestido empieza a perder relativamente su importancia. El cuerpo y el vestido casi se integran en una misma entidad. Las identidades se construyen ahora en torno a este culto al cuerpo que da importancia también al «cuerpo desnudo» y no solo al «cuerpo vestido». Ello culmina con los avances en cirugía, que han permitido la alteración de los cuerpos por razones no solo médicas sino también estéticas y psicológicas. Se trasladan así a los cuerpos las transformaciones que antes se llevaban a cabo en el propio vestido. Se corta, se cose, se amplían sus volúmenes, se reducen sus contornos, se alisan los pliegues, se quitan las manchas. Es el propio yo el que está abierto a revisión, cambio y transformación.

Psicología del vestir

Cuerpo y subjetividad

Actualmente las funciones del vestir se diluyen. Ya no es una mera protección contra las inclemencias del tiempo, ni un disfraz, ni una segunda piel, sino que puede ser muchas cosas dependiendo del contexto. Estética y psicología se entremezclan de tal forma que el vestido pasa a convertirse en una protección tanto contra el frío físico como contra la frialdad.

Moda y creatividad

Si la experiencia subjetiva del propio cuerpo es suficientemente buena, el vestido se convierte en uno de los elementos lúdicos que disponemos para enriquecer y divertirnos en la vida. Comprar, compartir, modificar y combinar las prendas con diferentes accesorios, puede constituir una fuente de placer y creatividad. El artificio del vestido y de los adornos se integran subjetivamente y se interiorizan.

El acto de vestir como afirmación del yo

La subjetividad con la que las personas se relacionan con el vestido empieza desde el nacimiento y permanece a lo largo de la vida. El deseo de vestir el propio cuerpo lo encontramos ya en los comienzos de la vida a los dos o tres años, cuando el infante, en su camino hacia la autonomía, muestra los primeros deseos de elegir sus prendas como señal de afirmación personal.

El vestido no solo recubre el cuerpo, sino que lo modela en el espacio que ocupa, en la interacción con los otros. El vestido acoge contenidos emocionales como esperanza, penas (la ropa de luto, por ejemplo), duda, estatus social, incertidumbre, seguridad, timidez.

En definitiva, el vestido es el punto de encuentro entre la experiencia íntima del cuerpo y el ámbito público. Para el filósofo Maurice Merleau-Ponty, el cuerpo es aquello a partir de lo cual se abre la posibilidad para el sujeto de habitar el mundo.

«¿Para quién vestimos nuestro cuerpo? Nos vestimos para los demás y también para nosotros mismos. ¡Nos vestimos para tantos otros! Nos vestimos especialmente para relacionarnos con los otros, con los de fuera y con los que habitan en nuestro interior.» -Teresa Sunyé-

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